Nicolás Maduro llevaba meses esperando un ataque de Estados Unidos que le había llenado de zozobra a él y a todos los que le rodean. Por primera vez desde que sucedió a Hugo Chávez al mando de Venezuela sentía que se encontraba en una situación de verdadero peligro y ante una posibilidad real de ser derrocado. Según anunció el mandatario norteamericano, Donald Trump, Maduro fue detenido y sacado del país este sábado junto a su esposa y madre de su único hijo, Cilia Flores. No tenía ninguna intención de irse por su propio pie.
Estados Unidos atacó por sorpresa Venezuela. “Bombardearon unos cinco puntos: en Caracas, en Aragua y en Miranda”, explicó por teléfono un alto mando chavista, cercano a Maduro, que, pese a todo, momento mantenía la calma. Aún no se conocía el arresto del presidente.
Antes de ser detenido, Maduro había dejado algo claro a su entorno: acá nadie se rendía. Tuvo que ser sacado a la fuerza por militares de Estados Unidos, siempre según la información de Trump. Los que lo habían tratado en este tiempo aseguran que estaba dispuesto a llegar hasta el final y que no contempla un acuerdo con Washington que derive en su salida del poder. La posibilidad ni siquiera había estado encima de la mesa.
En contra de lo que muchos piensan, Maduro gobernaba Venezuela en solitario. El número dos del régimen, Diosdado Cabello, ejerce una enorme influencia sobre todo el Gobierno y controla las bases chavistas, pero la última palabra la tenía siempre Maduro. No había un poder compartido ni dividido, todo empieza y termina en él.
Ninguno de sus cercanos decía hasta hace unas horas valorar una negociación que iniciase con la condición de que el presidente de Venezuela debía irse. Jorge Rodríguez, su principal operador político, había intentado llegar a acuerdos puntuales con la administración de Trump a través de Richard Grenell, enviado especial de la Casa Blanca para Misiones Especiales de Estados Unidos. Pero todos sus intentos fueron infructuosos.
Maduro y el ministro de Defensa, Vladimir Padrino López, se han encargado en este tiempo de angustia de tener bajo control al ejército bolivariano. Las investigaciones internas han sido constantes para evitar cualquier tipo de alzamiento o rebelión. “Dudar es traición” era la consigna que se había dado en todos los cuarteles. Una frase que Cabello, por ejemplo, había estampado en una gorra que usa para presentar su programa de televisión en la cadena pública.
El poder se concentraba en Maduro y lo ejercían no más de un puñado de personas de su máxima confianza. A Padrino y Jorge Rodríguez había que sumar a la vicepresidenta, Delcy Rodríguez, hermana de Jorge, y a Flores, la primera dama. De ahí emanaban todas las directrices de este régimen vertical, un Estado controlado en todos sus recovecos por chavistas leales a la causa.
Los que se salían del guion eran detenidos y encarcelados sin miramientos. Después de las elecciones de julio del año pasado, consideradas un fraude por organismos internacionales que han verificado las actas que presentó la oposición liderada por María Corina Machado, Maduro purgó a los jefes de la inteligencia militar y civil y se desató una ola de inspecciones en los cuarteles.
Más adelante fue detenido alguien que hasta entonces había sido una persona de confianza a la que Maduro había elogiado en público, Pedro Tellechea, ministro de Industria y Producción Nacional. Nadie se encontraba a salvo de una posible depuración.
*Por Juan Diego Quesada
