Hace unas semanas leí con horror la noticia de Nick Reiner, un joven que asesinó brutalmente a sus padres, —el director de cine Rob Reiner y su esposa, la fotógHace unas semanas leí con horror la noticia de Nick Reiner, un joven que asesinó brutalmente a sus padres, —el director de cine Rob Reiner y su esposa, la fotóg

¿Dónde vive la maldad? El cerebro, la sombra y la conducta antisocial

Hace unas semanas leí con horror la noticia de Nick Reiner, un joven que asesinó brutalmente a sus padres, —el director de cine Rob Reiner y su esposa, la fotógrafa y productora Michele Singer Reiner— en medio del consumo de sustancias y tras una historia vital compleja. Más allá del espanto inmediato, las preguntas parecen inevitables: ¿cómo llega un ser humano a ese punto?, ¿dónde se rompe algo tan esencial?, ¿existe un “cerebro malo”?

Como psiquiatra, y también como madre y ciudadana, me niego a quedarme en el titular. Porque solo entendiendo podemos prevenir.

La sombra que habita en lo humano

La violencia, la crueldad y la transgresión son fenómenos que han acompañado a la humanidad desde siempre. Todas las culturas han hablado de la sombra, esa parte oscura que convive con la luz, esa dimensión que preferimos negar porque incomoda, porque confronta.

Pero la sombra, en sí misma, no es patológica. Todos la tenemos. El problema surge cuando no se reconoce, cuando no se regula, cuando se actúa sin límite, sin culpa y sin empatía. Negarla, en lugar de eliminarla, la vuelve más peligrosa.

La neurociencia moderna ha avanzado de manera importante en el estudio de las conductas antisociales y sociopáticas. Hoy sabemos que se trata de alteraciones en circuitos cerebrales específicos, sobre todo aquellos relacionados con la empatía, la regulación emocional y el control de impulsos.

Las investigaciones señalan de forma consistente la participación de la corteza prefrontal, encargada de anticipar consecuencias y regular la conducta; la amígdala, clave en el procesamiento emocional y la respuesta al sufrimiento ajeno; y los circuitos de recompensa, donde la búsqueda de estímulo, poder o dominancia puede volverse desmedida. En muchos de estos cerebros se observa una menor activación frente al dolor de otros, dificultad para aprender del castigo y una impulsividad que no encuentra freno. Todo esto apunta a un cerebro con fallas profundas en su capacidad de vincularse y autorregularse.

Gran parte de este conocimiento proviene de estudios realizados en cárceles, hospitales psiquiátricos forenses y poblaciones con conductas violentas severas. Investigadores como Robert Hare, Adrian Raine y Kent Kiehl han mostrado que la psicopatía y la conducta antisocial no son sinónimo de criminalidad, pero sí representan un riesgo elevado cuando convergen con impulsividad, consumo de sustancias, trauma no tratado y ausencia de límites.

Un punto clave que suele perderse en la conversación pública es que no todos los criminales son psicópatas, y no todos los psicópatas delinquen. La biología predispone, pero la historia personal, el entorno y las decisiones también importan.

Infancia y adolescencia: donde empieza la prevención

La mayoría de estos casos no aparecen de la nada. En retrospectiva, suelen existir señales tempranas como crueldad persistente, ausencia de culpa, mentira patológica, destrucción deliberada y agresión sin provocación. Sin embargo, aquí es donde debemos ser especialmente cuidadosos.

No todo niño desafiante tiene un cerebro antisocial. Trastornos como el déficit de atención, el trastorno negativista desafiante o incluso respuestas al trauma complejo pueden simular conductas “malas” que, en realidad, son expresiones de dolor, desregulación y miedo. El error clínico y social más grave es no saber diferenciar. Confundir trauma con maldad, o maldad con rebeldía, puede tener consecuencias devastadoras.

Desafortunadamente, vivimos en una cultura que, por momentos, minimiza la crueldad y glorifica el poder, el narcisismo y la dominación. Las redes sociales amplifican conductas sin empatía, y el consumo de sustancias puede actuar como detonante final en cerebros ya vulnerables.

La violencia no surge en el vacío. Cuando una estructura antisocial está plenamente consolidada, las opciones suelen ser escasas y dolorosas: contención, encarcelamiento, medicalización. Llegamos tarde y el costo humano es enorme, tanto para las víctimas como para las familias y los propios agresores.

La verdadera esperanza está antes. En la detección temprana, en el acompañamiento a familias que conviven con niños y adolescentes profundamente desregulados, en intervenciones psicoterapéuticas y neuropsicológicas oportunas, en la presencia de límites claros y sostenidos, y en comunidades que no ignoran el problema.

No siempre se puede “curar”, pero sí prevenir daño.

Integrar la sombra

La maldad no se erradica negándola, ni se combate con discursos morales simplistas. Tampoco se resuelve únicamente con cárceles, diagnósticos tardíos o camisas de fuerza químicas que llegan cuando el daño ya es irreversible. Pensar que la violencia extrema es solo un problema individual es una forma cómoda —y peligrosa— de evadir la responsabilidad colectiva.

Cuando una sociedad desinvierte en salud mental infantil, cuando minimiza las señales de alarma, cuando normaliza la violencia cotidiana y convierte el sufrimiento psíquico en un asunto meramente privado, el resultado es estructural, no casual. No hablamos solo de cerebros individuales, sino de sistemas completos que fallan en detectar, contener y acompañar.

La evidencia científica nos dice que la prevención es posible, siempre y cuando existan políticas públicas reales, acceso temprano a atención en salud mental, formación especializada para docentes y personal de primera línea, acompañamiento a familias vulnerables y una narrativa que deje de romantizar el poder, la dominación y la crueldad. Responder solo una vez que la tragedia estalla es una forma de negligencia institucional.

Quizá la pregunta de fondo no sea dónde vive la maldad, sino cuánto estamos dispuestos, como sociedad y como Estado, a invertir en salud mental antes de que la violencia se vuelva noticia. Porque cada acto extremo que nos horroriza es el último eslabón de una cadena de omisiones.

Mirar la sombra de frente no es justificarla. Es asumir que la seguridad, la justicia y la salud mental no pueden seguir pensándose por separado. Y que prevenir la violencia no es un acto de ingenuidad, sino una decisión política.

Me encantaría conocer tus dudas o experiencias relacionadas con este tema. Sigamos dialogando; puedes escribirme a [email protected] o contactarme en Instagram en @dra.carmenamezcua.

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