El descanso adecuado reduce los síntomas de agotamiento y renueva la motivaciónEl descanso adecuado reduce los síntomas de agotamiento y renueva la motivación

El desafío de parar sin culpa en vacaciones

2026/01/18 18:00

La cultura del rendimiento permanente atraviesa el trabajo, el deporte y la vida privada, y convirtió el descanso en una tarea más. La escena cotidiana se repite con naturalidad: agendas sobrecargadas, relojes que marcan productividad, biorritmo interno que no descansa. Contestar “estoy a full” se volvió una credencial de valor.

Esa obsesión por el empuje permanente configura una cultura donde incluso el ocio debe rendir resultados. Vacaciones convertidas en listas de objetivos, fines de semana transformados en maratones de actividades, descanso atravesado por métricas de bienestar. La socióloga británica Judy Wajcman, especialista en cultura del tiempo de la London School of Economics, lo explica con claridad: “la aceleración no se detiene en el tiempo libre, simplemente cambia de escenario”. La idea de aprovechar cada minuto colonizó también los espacios que, en teoría, deberían devolver al cuerpo y a la mente un ritmo más amable.

Cuanto más ocupado, más exitoso parece. La pausa, en lugar de interpretarse como una necesidad biológica, suele vivirse con culpa. Y la frase de la escritora estadounidense, Anne Lamott, resuena como una ironía en tiempos de culto al rendimiento: “casi todo vuelve a funcionar si lo desconectás por unos minutos, incluso vos”. En la misma línea, George Orwell, influyente escritor británico, que de obsesiones sabía más que suficiente, sostenía que “el perfeccionismo no consiste en hacer las cosas bien, sino en no dejar de hacerlas nunca”.

Estancias patagónicas. Una nueva forma de visitar a los pingüinos en Península Valdés

El impacto en la salud

Desde la ciencia, las alertas se acumulan. Según investigaciones de la Universidad de Stanford dirigidas por la psicóloga Kelly McGonigal, los niveles de estrés crónico vinculados a la hiperproductividad se asocian a un 27 % más de riesgo de enfermedades cardiovasculares y a un aumento significativo de ansiedad y trastornos del sueño. El equipo del neurocientífico Daniel Levitin, de la Universidad McGill, aporta otro dato inquietante: “el multitasking sostenido, característico de la vida siempre conectada, reduce hasta un 40 % la eficiencia cognitiva, obliga al cerebro a trabajar más para lograr menos y acelera la fatiga mental”.

Un estudio revela que el multitasking sostenido reduce hasta un 40 % la eficiencia cognitiva

Carina Castro Fumero, neuropsicóloga y pediatra, observa este fenómeno a diario en consulta. “El cerebro no está diseñado para funcionar en modo full permanente, dice, cuando pausamos, se activan circuitos fundamentales para procesar emociones, consolidar aprendizajes y reorganizar ideas, mientras la corteza prefrontal baja su nivel de exigencia y se recupera”. En esas pausas, según explica, “también se produce un reequilibrio químico: disminuyen el cortisol y el glutamato, asociados al estado de alerta constante, y gana protagonismo el GABA, el neurotransmisor que permite desacelerar y entrar en una calma real”.

El cuerpo tampoco es ajeno a este desgaste. Según datos del Laboratorio de Fisiología Integrativa de la Universidad de Colorado, las personas sometidas a altas cargas sin períodos de recuperación presentan mayor inflamación sistémica y una recuperación muscular hasta un 30 % más lenta. El hallazgo respalda una idea que el deporte conoce desde hace décadas: el progreso no ocurre durante el esfuerzo máximo, sino en el descanso posterior. Sin embargo, trasladar ese concepto a la vida cotidiana sigue pareciendo un desafío.

“Hemos confundido la actividad con bienestar –sintetiza la paradoja moderna Silvia Alava Sordo, psicóloga especializada en vida sana–. Descansar no es de vagos, es una parte del ciclo natural que necesita tanto el cuerpo como el cerebro”. Cuando esa necesidad se ignora, el organismo encuentra otras vías para frenar. Enfermedades repentinas en el inicio de las vacaciones, insomnio persistente, irritabilidad, dificultad para concentrarse, todos forman parte de un mismo mensaje fisiológico: sin pausa no hay regeneración.

El mito de que detenerse es perder el tiempo se enfrenta hoy a una evidencia cada vez más sólida. Pausar no implica retroceder, implica crear las condiciones para volver mejor. El desafío, quizás, no sea aprender a acelerar, sino recuperar el arte de frenar sin culpa.

Qué significa “desentrenar” (y qué no)

“Siempre pensé que, si frenaba, perdía todo”, admite Hilda L., 44 años, docente universitaria, casada, madre de dos adolescentes. Durante más de una década encadenó clases, reuniones, entrenamiento funcional a las seis de la mañana y un sinfín de tareas domésticas. El año pasado, por primera vez, decidió reducir su actividad física durante tres semanas de verano. “Solo caminé –cuenta–, hice estiramientos suaves y dormí más. Me sentía culpable al principio, pero después volví con más energía y, paradójicamente, con mejores marcas que antes".

Su experiencia coincide con los descubrimientos científicos modernos: desentrenar no implica abandonar, ni renunciar a los hábitos saludables, ni pasar a una vida sedentaria. Se trata de una pausa planificada, intencional, que busca disminuir la carga acumulada para favorecer la recuperación integral del cuerpo y de la mente. Según la Universidad de Copenhague, un período de reducción del estímulo físico de entre una y cuatro semanas, dependiendo de la intensidad previa, permite que los tejidos se regeneren y que el sistema neuroendocrino restablezca su equilibrio. “La reducción de carga no elimina las adaptaciones –resume el fisiólogo Nikolai Madsen, investigador de ese centro–, las consolida y prepara al organismo para un nuevo ciclo más eficiente”.

En esta resignificación, resulta clave diferenciar conceptos que suelen confundirse. El descanso pasivo se vincula al reposo total, como pasar varios días sin movimiento, mientras que el reposo activo implica mantener una movilidad leve, como caminar, nadar suave o practicar yoga. El desentrenamiento planificado combina ambos de forma estratégica: baja la intensidad, cambia los estímulos y reduce la presión sobre el rendimiento, sin cortar del todo el vínculo con el cuerpo.

El reposo activo implica mantener una movilidad leve, como caminar, nadar suave o practicar yoga

Desde la neurociencia, Castro Fumero aporta otra dimensión a esta pausa consciente: “cuando desentrenamos, se activa la red neuronal por defecto, fundamental para procesar emociones y experiencias vividas, mientras la corteza prefrontal deja de estar sometida al esfuerzo constante de decidir y rendir”. Este proceso, además, recupera la creatividad y la capacidad de asociación, habilidades que suelen verse afectadas por la hiperexigencia sostenida.

La psicología refuerza esta mirada. Investigaciones de la Universidad Autónoma de Madrid señalan que las personas que integran pausas planificadas en su rutina anual muestran una mejora del 35 % en la percepción de bienestar y una reducción significativa de síntomas de ansiedad y agotamiento. “La clave está en la intencionalidad. No se trata de dejarse estar, sino de escuchar al cuerpo y ofrecerle el descanso que necesita para reorganizarse”, explica Alava Sordo.

Conrado Estol revela cuál es el medicamento natural más poderoso

Aceptar que desentrenar es parte del proceso, y no su opuesto, exige un cambio cultural profundo. Supone reemplazar la lógica de la autoexigencia constante por una más respetuosa del ritmo biológico. Implica, también, comprender que la pausa no es un vacío improductivo, sino un espacio fértil donde se gesta la próxima versión de uno mismo.

Qué pasa cuando el ritmo afloja

“Las primeras semanas sin entrenar fuerte me sentía raro, como si me estuviera faltando a algo”, cuenta Ramiro Z., 28 años, estudiante y empleado en una librería del centro porteño. Acostumbrado a correr cinco veces por semana y sumar sesiones de fuerza, decidió disminuir la intensidad en enero. Cambió las series exigentes por caminatas largas y algo de movilidad. “Después de unos días empecé a dormir mejor, a levantarme con menos rigidez y, sobre todo, con más ganas de volver cuando llegara el momento”, afirma.

Lo que Ramiro percibió en su cuerpo tiene correlato científico. Investigadores del Departamento de Ciencias del Deporte de la Universidad de Queensland, liderados por el fisiólogo Stephen Harridge, observaron que una reducción planificada de la carga durante tres semanas disminuye marcadores inflamatorios como la proteína C reactiva en un 25 por ciento, al tiempo que mejora la capacidad de reparación de las microfibras musculares. “El músculo no pierde calidad en el corto plazo, gana eficiencia al dejar de estar sometido al estrés constante de las microlesiones”, explica Harridge.

El tejido conectivo y las articulaciones también agradecen esta tregua. Un trabajo publicado por la Universidad de Toronto, bajo la dirección del especialista en biomecánica David Pearsall, registró una disminución del 30 % en la sobrecarga articular en personas que incorporaron períodos de desentrenamiento activo entre ciclos intensos. “La pausa permite que tendones y ligamentos completen procesos de regeneración que, de otra manera, quedan siempre a medias”, señaló Pearsall.

En el plano hormonal, la evidencia es igual de contundente. Estudios del Instituto Karolinska, en Suecia, demostraron que disminuir la exposición a entrenamientos de alta intensidad durante dos semanas reduce significativamente los niveles basales de cortisol y mejora la relación testosterona-cortisol, un indicador clave de recuperación y adaptación. La endocrinóloga Ingrid Larsson, coautora de la investigación, sintetiza: “un pequeño descenso en la exigencia dispara un reajuste hormonal que favorece la energía, el estado de ánimo y la capacidad futura de esfuerzo”.

La mente acompaña estos procesos biológicos. Según datos de la Universidad de California en Berkeley, liderados por el neurocientífico Matthew Walker, las personas que respetan períodos de descanso muestran un 40 % menos de síntomas vinculados al burnout y un aumento significativo en la motivación intrínseca. “El cerebro necesita salir del modo de supervivencia para recuperar el placer por la actividad que, paradójicamente, nos vuelve más consistentes a largo plazo”, indicó Walker.

Que la fuerza, la resistencia o la velocidad puedan descender levemente durante el desentrenamiento suele generar temor. Sin embargo, estudios de la Universidad de Oslo, dirigidos por el especialista en fisiología del ejercicio Truls Raastad, indican que la pérdida real de capacidad en un período de hasta cuatro semanas es mínima, inferior al 7 %, y se recupera rápidamente al retomar la actividad. “El supuesto retroceso forma parte del proceso adaptativo, no es una caída, es la antesala de una nueva mejora”, asegura. Bajar el ritmo, entonces, no apaga el progreso, lo recalibra. El cuerpo repara, la mente se oxigena, la motivación se reconfigura. En esa aparente quietud, algo profundo vuelve a ordenarse para que el movimiento futuro sea más sólido, más consciente y, sobre todo, más sostenible.

Bajar el ritmo hace que el cuerpo se repare y la mente se oxigene

El verano, el momento para parar

El verano crea, casi sin proponérselo, el escenario ideal para desentrenar de manera estratégica. Las altas temperaturas, los horarios más flexibles y la interrupción parcial de la rutina generan una ventana biológica y mental propicia para bajar la carga. Lejos de ser una amenaza para el estado físico, esta pausa estacional puede convertirse en una inversión. Según la Universidad de Sídney, atletas y personas activas que planifican un período de reducción de intensidad durante el verano mejoran su rendimiento en el siguiente ciclo en un 18 % promedio. “El descanso estratégico no rompe el proceso –explica el especialista en ciencias del movimiento Gregoire Millet, investigador de esa universidad–, lo potencia. Es en esta etapa donde el cuerpo asimila lo entrenado”.

En el deporte de alto rendimiento, este principio se conoce como off season, una fase tan importante como el período competitivo. Un informe del Centro de Alto Rendimiento de Barcelona, liderado por el preparador físico Javier Caparrós, reveló que los atletas que respetan un mínimo de dos semanas de baja intensidad anual presentan un 22 % menos de lesiones en la temporada siguiente. “El secreto de la continuidad está en permitir que el cuerpo y la mente respiren antes de volver a exigirles”, señaló Caparrós.

El calor también cumple un rol fisiológico. Investigadores de la Universidad de Kioto observaron que, durante los meses más cálidos, el organismo incrementa naturalmente el gasto energético para regular la temperatura. Reducir la exigencia durante ese período disminuye el estrés térmico y la carga cardiovascular.

La cardióloga japonesa Aiko Tanaka, especialista a cargo del estudio, afirma que “bajar el ritmo en ambientes calurosos reduce la fatiga acumulada y protege el corazón de sobreesfuerzos innecesarios”.

Más allá de lo físico, el verano invita a un cambio de estímulos. Caminar sin reloj, nadar sin contar metros, practicar actividades recreativas en lugar de entrenamientos estructurados reconfigura el vínculo con el movimiento. Alava Sordo advierte que este giro cumple una función emocional profunda: “cuando cambiamos el foco del rendimiento al placer, la motivación deja de ser una obligación y vuelve a nacer de manera genuina”. Ese reencuentro con el disfrute es, para muchos, la puerta de entrada a una relación más sana con su propio cuerpo.

El regreso, lejos de ser abrupto, debería pensarse como una transición. La evidencia de la Universidad de Friburgo, bajo la dirección del fisiólogo Hans Braun, indica que quienes retoman su actividad de forma progresiva, aumentando un 10 % semanal, consolidan hasta un 30 % más las adaptaciones positivas logradas en ciclos anteriores. “Volver despacio no es ir más lento, es ir más lejos”, resume.

Desentrenar en verano, no implica resignación ni retroceso. Es una forma sofisticada de escuchar los tiempos internos. Luego, cuando el otoño asoma y el cuerpo vuelve a pedir movimiento, quien se permitió parar descubre que no empieza de cero, empieza mejor, con una energía más limpia, una mente más clara y la convicción de que pausar también es avanzar.

10 claves para aprender a desentrenar sin culpa

  1. Planificá la pausa como parte de tu calendario, no como un fracaso ni un abandono. “Cuando la reducción de carga es intencional, el organismo consolida las adaptaciones y se prepara para un nuevo ciclo más eficiente”, afirma Madsen.
  2. Aceptá que el cerebro también necesita bajar la exigencia, no solo los músculos. “Cuando pausamos, la corteza prefrontal deja de estar en sobreesfuerzo - aporta Castro Fumero- y se activan redes vinculadas al procesamiento emocional y la creatividad”.
  3. Elegí descanso activo para no caer en el sedentarismo. Caminatas suaves, movilidad y contacto con la naturaleza son aliados. “La pausa no tiene que ser quietud -explica Pearsall-, moverse despacio también es parte de la recuperación”.
  4. Bajá la exposición a estímulos digitales durante el desentrenamiento. Según Alava Sordo, “menos ruido externo permite que la mente reduzca la sobreactivación y se recupere de manera más profunda”.
  5. No te asustes si sentís una mínima pérdida de capacidad, es transitoria y natural. “El supuesto retroceso en pocas semanas es mínimo y se recupera rápidamente”, indica Raastad.
  6. Priorizá el sueño como pilar de la recuperación. Dormir más y mejor es parte del entrenamiento invisible. Para Walker “el descanso adecuado reduce los síntomas de agotamiento y renueva la motivación”.
  7. Aprovechá el verano para escuchar más al cuerpo y menos al reloj. “El descanso estratégico en épocas de calor protege al organismo de un sobreesfuerzo innecesario”, advierte Tanaka.
  8. Cambiá el foco del rendimiento por el del placer en el movimiento. “Cuando el movimiento vuelve a asociarse al disfrute, la motivación nace de forma genuina”, suma Alava Sordo.
  9. Respetá una transición gradual cuando decidas retomar tu rutina. “Aumentar la carga de forma progresiva -propone Braun- consolida las adaptaciones positivas acumuladas”.
  10. Recordá que la pausa también es una forma de disciplina y de inteligencia corporal. “Desacelerar permite restaurar el equilibrio químico del cerebro y volver a un estado de calma”.
Cuando el movimiento vuelve a asociarse al disfrute, la motivación nace de forma genuina
Oportunidad de mercado
Logo de ELYSIA
Precio de ELYSIA(EL)
$0.002576
$0.002576$0.002576
-1.56%
USD
Gráfico de precios en vivo de ELYSIA (EL)
Aviso legal: Los artículos republicados en este sitio provienen de plataformas públicas y se ofrecen únicamente con fines informativos. No reflejan necesariamente la opinión de MEXC. Todos los derechos pertenecen a los autores originales. Si consideras que algún contenido infringe derechos de terceros, comunícate a la dirección [email protected] para solicitar su eliminación. MEXC no garantiza la exactitud, la integridad ni la actualidad del contenido y no se responsabiliza por acciones tomadas en función de la información proporcionada. El contenido no constituye asesoría financiera, legal ni profesional, ni debe interpretarse como recomendación o respaldo por parte de MEXC.