Hice cola en Bellas Artes un jueves (¡Egiptomanía!) para ver face to face aquella memorable fotografía de Rucci protegiendo a Perón con un paraguas en su regreso del exilio llevada a la pintura por Carlos Gorriarena. Pero aquella escena clave de la lucha por el poder de los 70 brilla por su ausencia en la sala acaso para que salgan a la superficie otras menos transitadas. Absorto frente a una pintura de 1986 llamada “Punk del cuarto mundo” trato de entender cómo Gorriarena podía pensar en esa subcultura; si observaba a los punks porteños que pululaban por San Telmo yendo o volviendo de Cemento como una curiosidad casi botánica o si pesaba sobre ellos la condena de ser una moda adaptada de Londres y Nueva York. O no. Quizás Gorri, educado por Demetrio Urruchúa en el anarquismo, simpatizaba con las “A” rodeadas por un círculo en las remeras raídas y las camperas de cuero barato. Indescifrable. En parte porque la figura de mujer que asume la representación no se asemeja en absoluto a lo “punk”. Y sí, el maestro de la distorsión visual no se hace cargo de la imagen. No tenía por qué hacerlo, era pintor.
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“Cuando nadie se hace cargo de mi imagen, mis amigos que me obligan a saltar”, cantaba Juanse en “Ceremonia” (1988). Esta semana, el archivo Prisma subió a You Tube el set de los Ratones Paranoicos en el festival por los cinco años de la democracia. Es diciembre de 1988, hay un escenario montado en la 9 de Julio y Libertador, adolescentes que habían crecido en dictadura rebotando como autitos chocadores, familias azoradas viendo el show desde los balcones y un grupo que lleva la marca del underground encima. Son solo cinco canciones tocadas con ese borde entre la elegancia glam y el vértigo punk que los caracterizaba al menos en sus tres primeros discos. El sonido es impecable y la performance del grupo avasallante.
Con “Enlace” viene el momento performático. Con el torso desnudo, el cantante del grupo realiza movimientos que parecen salidos de una anti-coreografía de Jerome Bel para terminar subido a las cajas de sonido, bailando al filo del accidente. Performance pura. Al punto que este video debería poder incluirse en cualquier antología de la performance argentina (Ni hablar de que está entre el mejor rock que se haya tocado en vivo alguna vez en Buenos Aires).
En los comentarios de los usuarios aparecen ideas mucho más pertinentes que las que la prensa especializada les dedicaba por entonces. Lejos de ser una versión Taller 4 de los Stones, aquellos raros Ratones atacaban con el filo del punk aunque no formaran parte de ningún tipo de militancia ácrata. Y nada del costumbrismo neorrealista de los noventa (“rollinga”) les corresponde acá. Son punks del cuarto mundo, una distorsión inadaptada. Como la figura de la pintura contemporánea de Gorriarena. No debe extrañar entonces que en esta antología que celebra los cien años del pintor haya una pintura llamada “Ceremonia II”. ¡Qué díptico!
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La salida de Gorriarena enfrenta la vista de “La muchacha entra en la ciudad” (1990) con el tremebundo “Pesadilla de los injustos (La conspiración del mundo de Juanito Laguna trastorna el sueño de los injustos)”, 1961, de Antonio Berni. Hermosa ceremonia en espejo, tener face to face al pintor que mejor representó a los poderosos con aquel que incluyó en el repertorio de las imágenes a quienes el poder descartaba.
Alumno de Berni en la escuela Belgrano, Gorri entendió que los colores deben fundirse para que un cuadro rompa la pared, así como Klemm había dicho que “un buen Berni es aquel que te arruina un living”. Así como la distorsión de los raros Ratones punks del cuarto mundo en este set perfecto pareciera no apta para la siesta. 1988: ningún dormir.


