Se le atribuye a Aristófanes (Atenas, 445 ? – 385 ? a.C.) la expresión: “educar no es llenar un vaso, sino encender un fuego”. Despertar el deseo de conocimiento es, desde los antiguos griegos, la esencia de la educación. Según el diccionario de la Real Academia Española (RAE), “maestro”, entre otras acepciones, es una “persona que enseña una ciencia, arte u oficio”, “persona de gran conocimiento o habilidad en una ciencia, arte o actividad”. Esta es una de las pocas veces que el diccionario ofrece significados que claramente no logran una descripción totalizadora de lo que realmente significa un maestro, al menos en Medicina.
En una emotiva ceremonia realizada recientemente en el Aula Magna de la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires (UBA), se entregaron a cuatro colegas el Premio “Maestro de la Medicina Argentina”. Se trata de una sana tradición iniciada en 1977 sustentada por la editorial de la revista científica La Prensa Médica Argentina, reservorio de artículos médicos-científicos desde hace 111 años. El propósito del premio es “destacar la consagración de una trayectoria, la labor meritoria de toda una vida” y el compromiso como formadores y referentes, como modelos para futuras generaciones. En esta oportunidad los galardonados fueron los Dres. Ricardo Gelpi, Ricardo Losardo, Adrián Desiderio y Federico Brahín. Más allá de los indudables merecimientos de los premiados, flotó en el aire del Aula Magna el verdadero significado de ser un maestro de la Medicina. El decano de la Facultad de Medicina de la UBA, Luis Ignacio Brusco, destacó que este premio no es simplemente una distinción, sino un genuino acto de gratitud colectiva hacia los que lo reciben. Hace un año, al recibir este premio, el profesor Brusco había expresado que era un estímulo para continuar trabajando con diálogo y sensibilidad teniendo en cuenta que, como lo expresara Hipócrates, el amor por la medicina es amor por la humanidad. Uno de los premiados, el Dr. Ricardo Gelpi, actual rector de la UBA , exdecano de la Facultad de Medicina y profesor titular en el Departamento de Patología e investigador del Conicet en Fisiopatología Cardiovascular, expresó: “siempre pensé que es importante que los estudiantes de medicina se involucren en actividades académicas y científicas” y si bien reconoció que no es fácil cursar en paralelo las diferentes materias, “eso después, en general, con el correr del tiempo, se ve reflejado positivamente en el futuro profesional”. Gelpi destacó con especial énfasis la importancia de desarrollar una tesis doctoral. La calidad de las tesis doctorales es uno de los parámetros que distinguen a las más importantes universidades del mundo. Gelpi recordó una frase que le expresara el profesor Alfredo Lanari: “los médicos que hacen la tesis doctoral tienen una visión y un pensamiento de la medicina diferente”. Resaltó también la importancia de considerar en la formación de los jóvenes los aspectos humanísticos. “El médico debe considerar que trabaja y estudia por y para el ser humano”; “el humanismo médico promueve una atención centrada en la persona, enfocada en la empatía, compasión, dignidad y autonomía del paciente, superando la visión técnica de la enfermedad y fomentando una relación de confianza entre médico y paciente”; “la bioética actúa como un puente entre la ciencia médica y las humanidades”. Esto se extiende a la investigación biomédica, incluyendo en los laboratorios la bioética del animal “como parte de un sistema de vida interconectado”. Este enfoque está englobado en el concepto de “una salud” promovido por la Naciones Unidas con el que se busca armonizar de manera sostenible la salud humana, animal y el medio ambiente. En síntesis, el profesor Gelpi destacó la importancia de los aspectos técnicos, académicos, científicos y humanísticos en la formación de los estudiantes de medicina y en el posgrado.
Mientras el Dr. Fernán Quiroz, ministro de Salud de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, señaló la importancia de reconocer a “los adultos significativos” ejemplificados en este caso por la trayectoria de los premiados, el profesor Luis Sarotto (Hospital de Clínicas, UBA), en representación del jurado del premio, afirmó que “cuando uno analiza las vidas de estos colegas hay algo que los atraviesa y es el espíritu de formar y transmitir a los demás lo que han aprendido. Eso es lo que define a un maestro de la Medicina”.
El recordado académico Alberto Agrest, en ocasión de una de las entregas de este prestigioso premio, en 1997, expresó: “maestro es el que enseña, el que guía en el aprendizaje, el que usa como mecanismo de enseñanza el ejemplo de su labor, el que entrega generosamente su saber y su tiempo, el que logra sobornar el olvido a través de sus discípulos”. Al referirse a los premiados en dicha ocasión, Agrest expresó su admiración por ellos y enfatizó que era “una admiración nostálgica, una mezcla de placer y tristeza” y se preguntaba: “si tenemos personalidades como éstas, ¿por qué estamos como estamos?”. Esta pregunta planteada hace 28 años no ha perdido vigencia.
En un reciente y por cierto brillante artículo de opinión en LA NACION, titulado “Un aplauso a la Argentina virtuosa”, Luciano Román expresaba que el reconocimiento a personalidades que se han destacado por su trayectoria “no son meros homenajes, son faros de inspiración y mojones de identidad”. Estos reconocimientos expresan “a un sector de la sociedad que cree en la Argentina virtuosa y honra esa cultura en diversos ámbitos y actividades”.
En la era de la irrupción avasallante y deslumbrante de la Inteligencia artificial, en donde, como muy bien lo analiza Yuval Noah Harari, el flujo de información ya no requiere necesariamente la intervención de un humano, el rol de un maestro surge como uno de los pocos refugios de interacción “de humano a humano” en el cual existe una interconexión empática en la que comparte conocimiento, experiencias y emociones con sus discípulos, generando así una real intersubjetividad. El profesor Luis Ignacio Brusco plantea una reflexión intrigante al afirmar que “la duda sucede cuando la interacción es entre un sapiens y una inteligencia artificial. Difícil llamarlo intersubjetividad, por ahora”.
En el imprescindible libro Argentinos que mejoraron la medicina del mundo, del Dr. Raúl de los Santos y colaboradores, se destaca una memorable reflexión de René Favaloro, quien expresó: “una de las cosas que siempre traté de inculcar a los jóvenes es que los logros son hijos del esfuerzo. En esta sociedad tan superficial, en donde parece ser que el esfuerzo es algo secundario, insisto en que el trabajo sacrificado y la entrega son necesarios. Nunca creí en la genialidades; sí, en cambio, en el trabajo cotidiano intenso”. Y añadió: “En cada acto médico debe estar presente el respeto por el paciente y los conceptos éticos y morales; entonces la ciencia y la conciencia estarán siempre del mismo lado, del lado de la humanidad”.
Dos reflexiones finales: un maestro de la medicina se destaca, entre otros aspectos, por contagiar a sus discípulos un entusiasmo inagotable por la profesión. No es un detalle menor en momentos en los que una encuesta del Foro de Sociedad Médicas Argentinas a la que respondieron 2920 médicos de todo el país y de diferentes especialidades, divulgada en el último Congreso Argentino de Cardiología, reflejó que el 48 % de los médicos encuestados expresó que no volvería a elegir la carrera de medicina. En conclusión, la atmósfera que nos envuelve en estos emotivos actos en los que honramos a quienes nos inspiran, es una señal esperanzadora de que una Argentina mejor es posible.
Profesor Consulto de la Cátedra de Oftalmología de la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires (UBA). Doctor en Medicina (UBA). Hospital de Clínicas (UBA)
