La sensación es extraña: estamos en las playas de Río de Janeiro, pero se percibe distinto. Para empezar, uno puede meterse al agua y dejar las cosas en la sombrilla sin tener que quedarse mirando la costa con ojo biónico, esperando el arrebato. A diferencia de las playas más famosas del centro de la ciudad, en Barra de Tijuca se respira un ambiente de seguridad bastante inédito. Se trata de un área inmensa, con una larguísima costanera de arena blanca, poblada de condominios y torres de lujo, que muchos han apodado “la Miami carioca”. Este verano más que nunca es, por sus playas, su oferta de alojamiento, restaurantes, shoppings y su clima relajado, una de las zonas de Río más elegidas por los argentinos.
Son casi 18 kilómetros de arena clara, mar abierto y una costanera –la avenida Lúcio Costa– dominada por edificios modernos, avenidas anchas y condominios residenciales. La comparación con Miami es inevitable, pero no se limita solo a la postal urbana: también remite a un estilo de vida más previsible, menos caótico que en otras zonas de Río. Ese perfil explica por qué Barra pasó de ser un barrio periférico a convertirse en uno de los puntos más buscados por las familias argentinas.
Ubicada en la zona oeste de la ciudad, a unos 30 o 40 minutos en auto de Ipanema y Leblon (según el tránsito), Barra fue proyectada a fines de los 60 por el urbanista Lúcio Costa, una figura central del modernismo brasileño y responsable del plan maestro de Brasilia junto a Oscar Niemeyer. Su idea original era crear un barrio poco poblado, con amplios espacios verdes, pero el asunto se le fue de las manos.
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El crecimiento inmobiliario desbordó los planes iniciales y, a principios de los 80, empezó a atraer a empresarios, nuevos ricos, deportistas, celebridades y políticos (fue el hogar del expresidente Jair Bolsonaro, entre otros). De a poco se consolidó un perfil socioeconómicamente alto y la zona cobró vida propia. De hecho, para muchos cariocas, Barra de Tijuca no es un barrio; es prácticamente otra ciudad.
Actualmente, muchas de las unidades de los condos frente al mar funcionan como alquiler temporario a través de plataformas como Airbnb y Booking. En temporada alta, un departamento en un condominio frente al mar ronda entre 1100 y 1400 dólares por semana, un valor que muchos argentinos consideran razonable en comparación con la hotelería tradicional en zonas como Ipanema y Leblon.
En sintonía, la oferta hotelera también creció en Barra, de la mano de grandes cadenas como Hilton, Marriott, Radisson, Windsor, Wyndham y Lagune, que desarrollaron propiedades orientadas tanto al turismo de ocio como al segmento corporativo.
El impulso final llegó con los Juegos Olímpicos de 2016. La construcción del Parque Olímpico y la Villa de los Atletas (una inversión estimada de 12.500 millones de dólares, según cifras globales) pusieron a Barra en el mapa global. Hoy ese predio recibe todos los años al festival de música Rock in Rio.
“En 2026 tenemos tres eventos muy importantes en Brasil: las elecciones a presidente en octubre, el Rock in Rio –ya están confirmados Elton John, Gilberto Gil y el grupo de K-pop Stray kids– y el Mundial”, cuenta un chofer de Uber, que avanza a la velocidad de la luz (se sabe que manejan rápido) por la avenida Lúcio Costa.
Como en el resto de Río, la playa se organiza por “postos” (puestos de guardavidas). Del 1 al 8 se extiende la franja principal de Barra, conectada por una ciclovía que corre paralela al mar y permite unir grandes distancias a pie o en bicicleta. Incluso en pleno enero hay espacio para todos; predomina un público familiar, con buena infraestructura de paradores y servicios, y una sensación poco habitual en otras playas cariocas en plena temporada: la de no estar nunca completamente apretado.
En el Posto 2 comienza la avenida Olegário Maciel, en el cruce con la avenida do Pepê. Ese punto concentra buena parte de la vida social de Barra. Bares con mesas en la vereda, restaurantes de cocina internacional, cervecerías artesanales y cafeterías funcionan día y noche. No hay mega discotecas –por ahora–, pero sí una buena oferta para quedarse tomando algo y escuchando música en vivo hasta tarde.
Yendo hacia el oeste, el paisaje se vuelve más salvaje. A partir del Posto 9 comienza Recreio dos Bandeirantes, un barrio más calmo, con estampa de balneario quedado en el tiempo. A pocos kilómetros aparecen Prainha y Grumari, dos playas protegidas por áreas ambientales, rodeadas de vegetación. Son arenas paradisíacas en las que casi no hay gente durante los días de semana (incluso la señal de celular es muy débil). Para muchos cariocas, Prainha y Grumari son las playas más bonitas de Río de Janeiro.
En el extremo opuesto de Barra, sobre el límite con São Conrado, se encuentra Joatinga. Es una playa pequeña, encajonada entre acantilados y residencias privadas, a la que se accede por una escalera empinada. Cuando la marea acompaña, se convierte en uno de los puntos más atractivos de la zona, con un público más joven y un clima distinto al resto del barrio.
Para tener una idea de los precios, el alquiler de sombrilla cuesta 7 dólares diarios; el agua de coco, 4. El açai helado, 6, una caipirinha, 7 y el choclo y el queso asado, entre 2,5 a 4 dólares.
Uno de los aspectos de Barra que atraen al público argentino son los shoppings. Los hay para todos los gustos: el Barra Shopping, con cerca de 500 locales, es uno de los centros comerciales más grandes de América Latina. A pocos metros, el Village Mall reúne marcas de lujo como Louis Vuitton, Prada, Gucci y Dolce & Gabbana.
Otros son: el New York City Center, con su bizarra réplica de la Estatua de la Libertad en la entrada, el Downtown Shopping y el Shopping Metropolitano, que destaca por sus buenos precios. Para tener una idea, un par de zapatillas Nike o Adidas, que en la Argentina se consiguen por 110 dólares, se pueden comprar en el Metropolitano desde 65 a 75 dólares.
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La gastronomía creció al ritmo del barrio. A los clásicos paradores sobre la costa se sumaron parrillas, cocinas asiáticas, propuestas contemporáneas y cafés modernos. La mayor concentración se da en torno de Olegário Maciel y dentro de los shoppings. En general, los precios de la gastronomía son hasta un quince por ciento más accesibles que en Leblon o Ipanema durante la temporada alta. Una comida en paradores (prato feito) cuesta entre 8 y 13 dólares. Una cena en un restaurante de Olegário Maciel, entre 20 y 35.
Por último, moverse por Barra implica aceptar distancias más largas que en los barrios históricos de Río. El auto sigue siendo el medio más práctico, pero la ampliación del metro hasta Jardim Oceânico mejoró la conexión con el resto de la ciudad. De hecho, muchos turistas se alojan en Barra y se toman el subte hasta Copacabana para pasar la tarde. Un Uber de Barra a Copacabana cuesta entre 18 y 28 dólares.
Barra da Tijuca propone una experiencia distinta en la Cidade Maravilhosa, que para las familias argentinas funciona muy bien: menos gente en la playa, más espacio y una dinámica más residencial. Por supuesto que Leblon, Ipanema y Copacabana conservan su mística de siempre, pero Barra dejó de ser una alternativa secundaria y este verano terminó de consolidarse como una gran opción para visitar Río.


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