La desigualdad social en México es tan persistente como la negativa de nuestros gobiernos para corregirla a través de una genuina política fiscal redistributiva.
El documento recién publicado por Oxfam, Democracia u oligarquía, contribuye a una discusión que suele estar en segundo o tercer plano aun cuando nuestro país padece una de las peores distribuciones del ingreso en el orbe. Veamos datos, diagnóstico y propuestas de Oxfam.
El uno por ciento de la población mexicana, 1.3 millones de personas, recibe el 35 por ciento del ingreso y acumula 40 por ciento de la riqueza privada. A la par, como mostró INEGI el año pasado, 38.5 millones de personas, tres de cada diez, viven en pobreza.
El uno por ciento más rico es responsable del 23 por ciento de las emisiones contaminantes del país: lo mismo que el 74 por ciento más pobre.
La concentración de la riqueza ha permitido que los “milmillonarios” en México vean ascender sus fortunas mientras que la economía permanece estancada. En las últimas tres décadas, la riqueza de los milmillonarios se multiplicó 4.2 veces, “en particular en los últimos diez años”, dice Oxfam, e incluso la han duplicado “en apenas cinco años”, del Covid-19 a la fecha, lo que confirma que los gobiernos de Morena también son funcionales a la expansión de las más ingentes fortunas.
En cambio, el PIB por persona en los últimos 35 años apenas aumentó 16 por ciento: “cuando las fortunas de los más ricos crecen más rápido que la economía en su conjunto de manera sostenida, se acelera la concentración de la riqueza en unas pocas manos”.
Mientras que por cada peso que producía la economía en 1996 solo se habían logrado añadir 76 centavos para 2025, el 10 por ciento de más ingresos de la población vio que cada peso que disponía en 1996 se volvió 2.14 pesos en 2025 y 2.38 pesos en el caso del uno por ciento más rico.
Como puede verse, los años de bajo dinamismo económico han sido rentables para quienes ya se encontraban en una posición de privilegio. Para pocos, muy pocos, el estancamiento general resulta altamente lucrativo.
La concentración de riqueza económica se traduce directamente en poder político: “en la capacidad de influir en decisiones políticas”, a grado tal que “ningún cambio político o social en México ha hecho mella en la acumulación de los más ricos”, lo cual es una crítica certera y directa a los magros resultados sociales de la democratización.
En este terreno, afirma Oxfam: “La democracia no se erosiona solo mediante autoritarismos abiertos, sino también desde arriba: a través de la captura del poder por minorías económicas y la normalización de la desigualdad. Permitir que la riqueza siga concentrándose equivale a aceptar una democracia cada vez más frágil”.
Cabría añadir que ese poder económico y político es tal que se ha extendido incluso al ámbito intelectual y ha conseguido difuminar la crítica a la política económica que hace viable la reproducción de desigualdad.
A pesar de los pobres resultados económicos de las últimas décadas, perdura una suerte de gran consenso para no subir los impuestos a los individuos más acaudalados —no a las empresas productivas—, lo que permitiría incrementar de forma significativa el gasto e inversión en bienes públicos, en infraestructura, salud y educación.
Lo anterior, a pesar de que “las personas con ingresos anuales a más de 500 millones de pesos contribuyeron solo con 21 centavos de cada 100 pesos recaudados en impuestos federales”, y de que un trabajador asalariado sea más gravado por el fisco que el dueño de acciones, pues “el sistema tributario cobra más al trabajo que al capital”.
Entre sus propuestas, Oxfam señala la necesidad de cambios fiscales para lograr “la transparencia tributaria de grandes contribuyentes y el establecimiento de impuestos progresivos sobre la extrema riqueza y las ganancias de capital”.
Sugiere “un impuesto mínimo del 2 por ciento sobre fortunas superiores a mil millones de dólares” y aboga, al menos, por “igualar las tasas y umbrales de tributación entre las ganancias de capital y las del trabajo”.
Oxfam sostiene: “la desigualdad no es un fenómeno natural; reducirla es una decisión política”. Es cierto. Mas la prioridad política vuelve a estar en una reforma electoral regresiva para la democracia, al tiempo que continúa el desdén por discutir siquiera una reforma fiscal progresiva. Así que la profunda desigualdad económica de México permanecerá, con este gobierno, a buen resguardo.


