El vino mexicano que hoy compite en mesas internacionales no empieza en la barrica ni en la etiqueta. Empieza mucho antes, en el trayecto de Tony Viramontes, un joven que salió de Tlaltenango, Zacatecas, con la urgencia de ayudar a su familia y terminó aprendiendo, durante más de tres décadas en Estados Unidos, que la agricultura es, ante todo, una ciencia humana.
Su historia no responde al relato épico del éxito individual, sino a una lógica más silenciosa: la del trabajo constante, la observación y el entendimiento de que la calidad agrícola depende menos de la tierra que de quienes la trabajan. Tras 35 años en el sector agroindustrial estadounidense, donde llegó a ocupar el cargo más alto alcanzado por un hispano en una gran empresa agrícola, Viramontes se puso una meta: replicar el modelo que había visto funcionar, pero adaptado a su origen.
Hoy encabeza Vinos del Oeste, una empresa vitivinícola con operaciones en Querétaro y el Valle de Guadalupe. Sus etiquetas han ganado reconocimiento, pero su apuesta central no está en la tecnología ni en los insumos, sino en la mano de obra migrante. Para Viramontes, el vino no se improvisa. Se construye con personas capacitadas, bien tratadas y presentes en el momento exacto del ciclo agrícola.
La experiencia acumulada en Estados Unidos le enseñó que la movilidad laboral no es un problema a contener, sino un fenómeno económico que debe gestionarse. Por ello, una parte central de la operación de Vinos del Oeste descansa en el uso del programa de visas H-2A, que permite contratar trabajadores agrícolas de manera temporal y regulada. A través de este mecanismo, la empresa ha facilitado que personas provenientes de comunidades con alta marginación en Chiapas y Oaxaca accedan a empleos formales, con salario, vivienda, alimentación y transporte garantizados.
En el campo, esa presencia humana se traduce en decisiones técnicas. Donde otros viñedos dependen de aplicaciones químicas recurrentes, el modelo impulsado por Viramontes privilegia el trabajo manual. El deshoje oportuno, la poda precisa y la supervisión constante han reducido de manera significativa el uso de agroquímicos. No se trata de una postura ideológica, sino de una consecuencia directa de contar con trabajadores suficientes y capacitados.
El contexto político introduce incertidumbre. El endurecimiento del discurso migratorio en Estados Unidos, tras el inicio del segundo mandato de Donald Trump, ha generado dudas entre trabajadores y empleadores. Aun así, Viramontes sostiene que, aunque costosa, la migración ordenada sigue siendo viable cuando existen reglas claras y cumplimiento por ambas partes.
Vinos del Oeste no solo produce vino. Produce ingresos que regresan a comunidades de origen, estabilidad para familias que viven del campo y una demostración práctica de que la migración laboral sostiene sectores completos de la economía. En sus viñedos, la uva madura al sol, pero el proyecto se sostiene en algo menos visible: personas que cruzan fronteras para trabajar y regresan con algo más que salario.
En un debate público dominado por consignas, la historia de Tony Viramontes recuerda que el campo, como el vino, exige tiempo, cuidado y manos dispuestas a hacerlo posible.



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