Delcy Rodriguez (AP Ariana Cubillos)Delcy Rodriguez (AP Ariana Cubillos)

¿Por qué no ha surgido en América Latina una ola antiestadounidense?

2026/01/17 11:04

Se ha dicho de todo sobre la crisis venezolana y se dirá aún más cuando Cuba se vea afectada: la agitación se convertirá entonces en espasmódica excitación. Sin embargo, entre tanto clamor, sorprende la escasa atención prestada a su aspecto más asombroso: ¿por qué no ha surgido en América Latina una ola antiestadounidense? En 1958, el entonces vicepresidente Nixon fue casi linchado en Caracas. Durante décadas, inmensas y belicosas marchas desfilaron al grito de “yanqui, fuera”. Representar a Estados Unidos en las capitales de la región era un trabajo peligroso, a algunos les costó la vida. Hoy apenas reaccionaron algunos grupos dispersos, la imagen de la irrelevancia. Por el contrario, los venezolanos llenaron las plazas, felices de haberse librado de Maduro. ¿Cómo explicarlo?

La primera explicación es la más obvia y visible: se llama economía. El régimen chavista ha entrado en el Guinness de la incompetencia económica. Ha dilapidado una década de precios estelares del petróleo. Un rey Midas al revés. En Europa algunos fingen no saberlo, pero en América Latina todos lo saben desde hace tiempo. Lo saben porque se encuentran por todas partes con venezolanos obligados a conducir taxis y limpiar calles lejos de su país. Y desde que el mundo es mundo, el boca en boca es la publicidad más eficaz. Desde Bogotá hasta Buenos Aires, desde Lima hasta Santiago, el chavismo se ha ganado a pulso la publicidad negativa de la que ahora paga la cuenta. Quien saliera a la calle a defenderlo sería tomado por un marciano, además de masoquista. Si hay algo claro para los latinoamericanos es esto: no queremos acabar como los venezolanos. Un duro golpe para el terraplanismo económico de los populismos nativos, una perversa mezcla de anticapitalismo evangélico y mesianismo socialista.

La segunda explicación se llama ideología, se podría decir teología. Venezuela, lo repito desde hace años, es la tumba de la “izquierda” latinoamericana y de sus seguidores europeos. No es cuestión de profetizar, basta con observar. Ajena al espíritu liberal, es una “izquierda reaccionaria”: identitaria, confesional, nacionalista. Lo contrario de la progresista heredera de los ilustrados. No en vano tiene como amigos a la teocracia islamista de Teherán, la unión del trono y el altar de Moscú, el comunismo confuciano de Pekín. Así es como se ha convertido en la peor enemiga de la democracia y la libertad. Y que aquellos que las invocan no desdeñen la ayuda de Washington. La Argentina, Bolivia, Ecuador, Venezuela: es el fracaso de los regímenes bolivarianos lo que abre la puerta a Trump, no Trump lo que causa su fracaso.

La tercera explicación se llama geopolítica. A mis alumnos les enseño a distinguir en América Latina una zona del béisbol de una zona del fútbol. La segunda, formada por los grandes países de Sudamérica, conserva raíces europeas y cierto equilibrio de poder entre Brasil y los países hispanos. La primera, la que da al Caribe, gira en torno a Estados Unidos, tanto por su valor estratégico como porque todos dependen de ellos. Sus intervenciones militares siempre han sido en esta zona. Por lo tanto, la intervención para derrocar a Maduro sorprende más a quienes la observan desde lejos que a quienes la viven de cerca. De hecho, en esa región impera una lógica tácita de bandwagoning, de competencia por subirse al carro del más fuerte: como no se puede prescindir de Estados Unidos, se intenta ganar su benevolencia. Trump se erige así en árbitro entre el régimen y la oposición que se la disputan. Es obvio que nadie grite “Yankees, go home".

La cuarta explicación tiene nombre y apellido: Donald Trump. Las razones por las que irrita son las mismas por las que gusta. Y viceversa. Trump es un caudillo, el más latino, por cultura política, de los presidentes de Estados Unidos vistos hasta ahora. El caudillo es un líder religioso, no se siente obligado por la ley. Se cree investido de la misión de guiar a un pueblo elegido, el suyo, a la tierra prometida. De ahí su asidua cruzada contra las “élites” que se interponen en su camino. Es el abecé de todo populismo, el ADN del populismo latinoamericano. De hecho, pequeños Trump crecen en América Latina. Todos reproponen desde la “derecha” la filosofía maniquea de la historia que los bolivarianos impusieron desde la “izquierda”. Los insultos a los periodistas indeseables, la bendición a los policías asesinos, la burla a los diferentes, el desprecio a los intelectuales, el asalto a la división de poderes: lo que a muchos de nosotros nos indigna exalta a sus bases, excita sus instintos, las sintoniza con Washington.

Por último, queda la quinta explicación, la menos considerada, pero la más importante, la madre de todas: la revolución religiosa en América Latina. El continente católico por antonomasia ya no existe, o existe cada día menos. Es un rompecabezas en frenético movimiento en el que las clases cultas se secularizan rápidamente y las populares abrazan con la misma rapidez el evangelismo. En una región donde la política y la religión están entrelazadas, el cambio de la cultura religiosa también cambia la cultura política. Ahora bien, el furioso sentimiento antiestadounidense latinoamericano se alimentaba principalmente de la fuente católica. Esto era válido para los revolucionarios: Fidel Castro murió invocando la unión de católicos e islámicos contra el “eterno enemigo” anglosajón; pero también para los reaccionarios, nostálgicos de la cristiandad hispánica víctima del secularismo protestante. ¿Qué queda de todo esto? Cabe sospechar que el prodigioso crecimiento de los evangélicos, unido a los desastres de las ideologías de inspiración católica, está alimentando un nuevo paradigma cultural. El liberismo económico, antes tabú, ya no lo es tanto, la “teología de la prosperidad” consuela más que la de la pobreza. Pero llega envuelto en un manto de moralismo intolerante, en una narrativa histórica tan mesiánica como la de antaño.

¿Ha desaparecido entonces el sentimiento antiestadounidense en América Latina? Probablemente no. Tiene raíces demasiado antiguas y profundas como para desaparecer por arte de magia. El propio Trump es el principal candidato a resucitarlo con su arrogancia y nacionalismo, supremacismo y unilateralismo. Más bien se diría que son los Estados Unidos los que se están latinoamericanizando. La esperanza, siempre tenue pero también la última en morir, es que algún día cese el vaivén del péndulo de un populismo a otro, que la democracia laica y pluralista se convierta en patrimonio de todo el hemisferio. Hoy en día no hay ni rastro de ello.

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