Los comensales no podían saber lo nerviosos que estaban los millonarios que este jueves bajaron de sus camionetas negras y pasaron frente a ellos para entrar al edificio de al lado.
En este tranquilo restaurante venden un pescado en hoja de plátano que bien puede ser cocinado en Acapulco. Lleva lubina, cilantro, comino y coco.
Pero el Bombay Club no está en la Costera, sino en la Avenida Connecticut, a dos cuadras de la Casa Blanca, y tiene como vecino el inmueble de Washington DC en donde las empresas de Estados Unidos deciden el futuro de la gente de su país y, consecuentemente, de México, su principal proveedor.
Es la sede de la US Chamber of Commerce, que tuvo su reunión anual. Para acabar pronto, esta organización equivale al CCE mexicano. ¿Por qué debería importarnos acá, en Paseo de la Reforma, lo que ocurrió allá? Porque empresarias y empresarios revelaron miedo:
Hay votantes “dispuestos a tirar el capitalismo y probar algo completamente diferente”, denunció sin rodeos Suzanne Clark, presidenta del organismo, durante su discurso.
Allá crece el poder de ideas y declaraciones como las del nuevo alcalde de Nueva York, Zhoran Mamdani: “Sustituiremos la frialdad del individualismo radical por la calidez del colectivismo”.
A Clark la escuchaban los dueños de comercios, bancos y fábricas de coches. Entre ellos, el más poderoso: Jamie Dimon, CEO de JP Morgan, principal banco comercial de su país, un líder que muchos quieren ver como próximo mandatario de Estados Unidos.
¿Por qué Suzanne Clark hace esta advertencia ahora? Porque reciben señales contrarias a sus intereses incluso del presidente Donald Trump, quien trae pleito con Dimon, de JP Morgan.
El lío creció el domingo pasado. Trump anunció ese día una propuesta para establecer un límite a las tasas de interés de las tarjetas de crédito, un gran negocio de los bancos.
El tope pretendido por el presidente es del 10 por ciento, que para esta industria equivale a bajar a la mitad el “precio” del dinero que prestan a sus clientes.
Trump busca votos rumbo a las elecciones políticas de noviembre en su país. Dimon advierte que una caída abrupta de esas tasas impactaría a los ciudadanos.
¿Provocaría despidos? Quizá. Más aún, ante el ascenso de la inteligencia artificial.
Dimon critica la propuesta de Trump y este choque se sumó a otro relacionado con la presión hostil del presidente para que también bajen rápidamente las tasas de la Reserva Federal.
Esas iniciativas marcan un ascenso del poder que ejerce el gobierno para distribuir de otra manera el capital, similar a la narrativa del Estado en países como México, en donde Morena defiende una redistribución del dinero a través de su “Cuarta Transformación”, o 4T.
Más pensiones, becas y el incremento del salario mínimo son ejemplo de esa intención.
Tope a tasas bancarias, como pide Trump, y rentas congeladas en la vivienda de Nueva York, como pretende Mamdani, son medidas conocidas en países latinoamericanos, pero no en Estados Unidos.
Por eso Clark, de la US Chamber, remató su discurso con una palabra que repitió como martillo: miedo.
“Elegir redistribución sobre crecimiento es una decisión basada en el miedo”, dijo. “Regulación sobre innovación, también”.
Desde la US Chamber presencian una transformación, el aumento de la presión del Partido Republicano, de Trump, y del Demócrata, de políticos como Mamdani y Elizabeth Warren, quien incluso recibió una llamada “gentil” la semana pasada de su archirrival, Donald Trump, para hablar de tasas.
Dimon y Clark defienden “la libre empresa como motor del progreso”.
Para México, ese debate no es ideológico. Es contable. Más del 80 por ciento de nuestras exportaciones van a Estados Unidos.
A los lectores: desde hoy publicaré diariamente mi columna en El Economista, mi nueva casa. Gracias por seguirme.
Abrazo a mis nuevos compañeros, colegas. Contemos juntos Parteaguas.

