Esta semana el oro superó los 5,200 dólares por onza y la plata alcanzó, por primera vez en la historia, los 112 dólares. Son niveles impensables hace un año, cuando la plata rondaba los 30 dólares y el oro los 3,000. Para México —principal productor mundial de plata, con el 23% de la oferta global— esto debería ser una noticia extraordinaria. Pero, como suele ocurrir, el país parece decidido a desaprovecharla.
El alza en la plata no es especulativa ni pasajera. Responde a un déficit estructural que se arrastra desde hace cinco años. Desde 2021 el mundo consume más plata de la que produce, acumulando un faltante cercano a 800 millones de onzas. Para 2026 se espera el mayor déficit del ciclo: 200 millones. La razón por la que la oferta no responde, aun cuando los precios se han triplicado, es simple: cerca del 70% de la plata se obtiene como subproducto de minas de cobre, zinc y plomo. Los mineros producen lo que permite la geología de sus operaciones base. Además, desarrollar una mina primaria toma de 10 a 18 años y requiere inversiones iniciales de 500 a 600 millones de dólares.
La demanda también es estructural. La industria solar consume hoy 232 millones de onzas al año, cuatro veces más que en 2015. A esto se suman centros de datos, semiconductores y baterías a gran escala. Cada panel solar utiliza entre 15 y 25 gramos de plata y un auto eléctrico usa 67% más plata que uno de combustión.
China añade un elemento geopolítico clave. Desde enero implementó un sistema de licencias que limita las exportaciones de plata a 44 empresas. Dado que refina el 60% de la plata mundial, Beijing dispone de una palanca considerable. Si decide restringir exportaciones, como ha hecho con tierras raras y otros minerales críticos, el mercado global se tensaría aún más.
En el oro, la historia es distinta pero igual de relevante. Los bancos centrales llevan años comprando cantidades récord. En 2025 adquirieron unas 850 toneladas. Para 2026 se espera que acumulen entre 755 y 800 toneladas, cerca del 26% de la producción minera anual. Polonia compró 67 toneladas; China, 45; Brasil, 28. No es dinero especulativo: son reservas nacionales diversificándose ante la erosión del dólar.
El contexto geopolítico refuerza esta tendencia. La guerra en Ucrania, las tensiones en Medio Oriente, la fragmentación del orden liberal y las amenazas arancelarias de Trump han empujado a inversionistas hacia activos refugio. El dólar ha caído 10% en el último año y el mercado anticipa mayores recortes de tasas por parte de la Fed, reduciendo el costo de oportunidad de tener oro.
¿Qué implica esto para México? En teoría, bonanza. Fresnillo, de Grupo BAL, es el mayor productor de plata primaria del mundo y las mineras mexicanas, con costos en pesos y ventas en dólares, ven márgenes espectaculares. Pero con la ley minera actual es casi imposible desarrollar nuevos proyectos. Los permisos son laberínticos, la oposición social y política es feroz y la inseguridad complica la operación. México se beneficia de lo existente, pero no capitaliza estratégicamente este ciclo.
Lo que hoy ocurre con el oro y la plata podría repetirse pronto en el cobre. La electrificación, los centros de datos y la transición energética están empujando la demanda a niveles que la oferta no puede seguir. Grupo México, tercer o cuarto productor mundial, se prepara para el próximo boom. Pero si México no resuelve sus trabas regulatorias y de seguridad, volverá a ser espectador de una oportunidad que le corresponde, pero que no sabe —o no quiere— aprovechar.

