En cuestión de semanas, la inteligencia artificial dejó de ocupar el cómodo territorio de los seminarios y los papers especializados para instalarse, sin anestesia, en la agenda económica y social. Ya no hablamos de hipótesis futuristas ni de laboratorios experimentales: hablamos de decisiones empresariales concretas, de impacto verificable. Dos episodios recientes -en apariencia desconectados- se iluminan mutuamente y obligan a abandonar el entusiasmo automático para adoptar una mirada más crítica y estructural.
El 27 de febrero pasado, la revista Le Grand Continent publicó un interesante ensayo titulado “Cómo la IA provocó la crisis financiera de 2028: el momento Citrini y su crítica" (disponible en https://legrandcontinent.eu/es/archivos-y-discursos/como-la-ia-provoco-la-crisis-financiera-de-2028-el-momento-citrini-y-su-critica/) que ilustra cómo la adopción masiva de sistemas de inteligencia artificial podría desencadenar una crisis sistémica en 2028, no por falta de innovación, sino precisamente por su éxito.
El texto reconstruye, desde un hipotético año 2028, la secuencia de una crisis desencadenada por la adopción masiva de inteligencia artificial. La tesis es inquietante: la IA deja de ser un complemento del trabajador calificado y pasa a sustituirlo en gran escala; los despidos reducen el consumo; la caída del consumo afecta ingresos fiscales y la estabilidad financiera y económica termina atrapada en una burbuja (estilo 2008) en la que cada ahorro en salarios se reinvierte en más automatización, generando nuevos recortes. La productividad aumenta, pero el ingreso laboral se comprime, apareciendo lo que el texto califica como “PBI fantasma”: crecimiento que figura en las estadísticas, pero no dinamiza la economía real del ciudadano de a pie.
La idea aparece vinculada a un escenario donde la inteligencia artificial incrementa fuertemente la productividad y las ganancias empresariales, pero al mismo tiempo desplaza empleo en gran escala. El resultado es paradójico: las empresas producen más con menos trabajadores; los estados contables exhiben mayores beneficios y el PBI agregado puede incluso crecer. Aunque se reducen salarios e ingresos laborales, cae el consumo masivo, se debilita la base tributaria y aumenta la concentración del ingreso.
En ese contexto, el “crecimiento” medido por el PBI no se traduce en dinamismo económico amplio ni en bienestar social extendido. Es crecimiento contable, financiero o corporativo, pero no necesariamente circulación efectiva de riqueza en la economía doméstica. Dicho en criollo, se trata de un PBI que “existe en Excel”, pero no en el bolsillo de la mayoría de la gente común.
La advertencia no es meramente técnica: apunta a una posible desconexión estructural entre productividad tecnológica y distribución del ingreso. Si la automatización sustituye trabajo humano sin generar mecanismos compensatorios (nuevos empleos, redistribución, políticas activas), la economía podría reflejar indicadores positivos mientras la sociedad experimenta estancamiento o deterioro. Por eso lo denomina PBI “fantasma”: porque está, pero no se ve ni se experimenta. Hasta aquí podríamos leerlo o interpretarlo como un ejercicio intelectual extremo. Pero la realidad ofreció un dato concreto adicional, directamente vinculado el ensayo que comentamos.
Según informó esta misma editorial en la nota titulada “Jack Dorsey, el fundador de Twitter, despidió a 4000 personas por la IA y hay sorpresa: sus acciones crecieron 27% en el post-market” ( disponible en https://www.lanacion.com.ar/tecnologia/el-exceo-de-twitter-jack-dorsey-despidio-en-un-dia-a-4000-personas-nid27022026/) el CEO de Block Inc. y cofundador de Twitter, Jack Dorsey, despidió, en una sola jornada, a más de 4.000 empleados, cerca del 40 % de la plantilla, en el marco de una reestructuración asociada a la integración intensiva de herramientas de inteligencia artificial. La noticia no fue presentada como un fracaso, sino como una adaptación estratégica a una nueva etapa tecnológica.
La empresa sería ahora más eficiente. Dorsey lo refirió textualmente y sin miramientos: “No lo hacemos por problemas de dinero. La empresa está ganando mucho. Lo hacemos porque la IA permite que equipos mucho más pequeños hagan el mismo trabajo (o mejor)”. La conexión entre ambos hechos no es forzada. Lo que el ensayo de la consultora Citrini plantea como hipótesis empieza a adquirir forma tangible. No estamos frente a la automatización clásica que reemplaza tareas físicas repetitivas; hablamos de algoritmos que compiten en el terreno de la inteligencia, de la planificación, de la creatividad funcional. El desplazamiento ya no es periférico.
Andrés Oppenheimer ha advertido que la inteligencia artificial y la robótica provocarían una redistribución profunda del empleo, con sectores enteros reducidos o transformados a una velocidad que los sistemas educativos y regulatorios difícilmente podrían acompañar. Lo que parecía un llamado de atención hoy adquiere una dimensión más concreta. Relacionado con lo expuesto, la literatura inglesa ofrece una advertencia que resuena con fuerza. En The Tempest, William Shakespeare pone en boca de Miranda, hija de Próspero, aquella célebre exclamación: “O brave new world, that has such people in’t!”.
La frase, cargada de asombro y ambigüedad, celebra y teme al mismo tiempo el descubrimiento de un mundo nuevo. Cada revolución tecnológica ha tenido su “momento Miranda”: fascinación ante lo inédito. Pero la historia demuestra que el entusiasmo inicial necesita ser acompañado por instituciones capaces de ordenar sus consecuencias. No se trata de oponerse al mercado ni de demonizar la innovación. La dinámica competitiva ha sido, históricamente, un motor de crecimiento y bienestar. La cuestión es otra: ¿cómo aseguramos que los beneficios extraordinarios de productividad que promete la IA se traduzcan en más oportunidades reales y no en una concentración cada vez mayor de ingresos y capacidades?
Estamos ante un punto de inflexión que exige madurez colectiva. No alcanza con confiar en que toda disrupción generará, por sí sola, nuevas posiciones para quienes quedan desplazados. La IA no solo pone a prueba nuestra pericia tecnológica; desafía nuestra capacidad de anticipación, de adaptación institucional y de diseño de políticas que acompañen la transición. La pregunta no es si la IA avanzará. Avanzará. La pregunta es si seremos capaces de integrar ese avance en un contrato social que preserve la dignidad del trabajo, aun cuando su forma cambie radicalmente. Esto es, si el “nuevo mundo” será motivo de asombro esperanzado o si miraremos hacia atrás preguntándonos en qué momento confundimos progreso con simple reducción de costos.
El debate ya comenzó y conviene darlo ahora, antes de que los escenarios hipotéticos, como el que refiere el ensayo mencionado, se conviertan, sin aviso, en estadísticas consolidadas que no tengan vuelta atrás, ya que no estamos analizando este escenario en 2028 sino en marzo de 2026.
Abogado, consultor e investigador en Derecho Digital, Data Privacy e IA; profesor Facultad de Derecho UBA y Austral, director posgrado UBA Deepfakes e IAG


