Mientras la guerra estalla en Irán, yo estoy aquí, en un pueblo pequeño y hermoso de Cataluña, en un rincón tranquilo de los Pirineos, contemplando la nieve blanca de las cimas. Las fotos de Teherán, sin embargo, muestran un cielo negro, cubierto de humo y petróleo.
¿Qué debo hacer yo? ¿Qué puede hacer una escritora como yo? ¿Qué es lo que quiero? Siempre he creído que no debía ser política, o más bien, no quería serlo. Un escritor debe ser libre. Pero, ¿qué pasa cuando para publicar mis obras tengo que pedir permiso a la oficina de censura? Cuando no me dan el permiso...o cuando lo recibo y luego me prohíben la obra... ¿puedo seguir afirmando que no soy política? ¿Y cuando me invitan a Estados Unidos para un taller de escritura? ¿Cuando, como tanta gente, no me quedo en América y regreso a Irán? ¿He cometido un acto político? ¿Y cuando publico mi libro en Afganistán antes del segundo ascenso de los talibanes?
Hace cuatro años la inteligencia de la Guardia Revolucionaria (la Sepah) asaltó nuestra casa, registró nuestros muebles y luego fui interrogada una y otra vez... Me pregunto constantemente: ¿por qué la inteligencia del Sipah? En teoría, la Sepah, como fuerza militar, no debería tener nada que ver con una escritora y un director de teatro. Estos días escucho que en estos últimos cuatro años casi todo el mundo ha acabado pasando por esa oficina: un edificio residencial entre las casas de la gente que solo tiene un cartel sencillo: “Oficina de Supervisión y Seguimiento”. ¿Supervisión de qué? ¿Seguimiento de qué?
Hace cuatro años, en una calurosa tarde de verano, ocho hombres y una mujer entraron de repente en nuestro apartamento con una orden de registro y detención contra mí. El cargo: perturbar la opinión pública, difusión de falsedades y acciones contra el sistema. ¿Cómo? Dijeron que ya se vería después. ¡Pero aún no se ha visto!
Durante los interrogatorios de los días siguientes, todo fue grotesco; ¡una auténtica tragicomedia! Habían revisado cada publicación e historia de Instagram y Facebook, cada libro, todo lo que había en mi portátil. Novelas inacabadas, guiones a medias, borradores de cuentos. Habían leído todos mis escritos privados que no permitía que nadie leyera. Perder mi portátil me dolió más que el registro de nuestra casa, incluso más que ver cómo las manos de aquella mujer tiraban mi ropa interior al suelo frente a los ojos de los hombres de la Sepah. El portátil de un escritor es la trastienda de su mente. Cuando alguien viola incluso los recovecos de tu pensamiento y te interrogan hasta por la posibilidad de una novela, te arrebatan toda tu existencia.
El interrogador había leído en mi portátil una novela inacabada. Era la historia de un complejo de apartamentos que poco a poco era ocupado por gatos que al principio parecían muy tiernos, mientras los humanos terminaban viviendo en coches o almacenes. El interrogador preguntó: “¿Con los gatos te refieres a nosotros?”. Dije que no, conteniendo a duras penas una carcajada.
Mi portátil es tan caótico y desordenado que realmente sentía lástima por quien hubiera tenido que leer toda mi información. Desde que tengo memoria, siempre estoy con papel y bolígrafo o con el portátil en la mano: diarios, listas de la compra, críticas de libros, recetas de cocina, instrucciones para hacer cerveza, borradores de guiones, la versión final de una novela. Ni yo misma entiendo bien qué estoy haciendo; ¿cómo van a entender ellos, esos interrogadores, lo que pasa por mi cabeza?
Nuevos ataques aéreos en el centro de Teherán, en la madrugada de este viernes.En teoría, confiscar los dispositivos de un escritor para leer su contenido no debería tener otro objetivo, a menos que buscaran documentos de espionaje en mi portátil... o quizás los buscaban. Me preguntaban constantemente por mis entrevistas, mis viajes y la publicación de mi libro en Italia. Decían que en un curso literario en Iowa coincidí con un escritor israelí. Con eso querían fabricar cualquier cargo contra mí. Ya saben que en Irán pueden fabricar un cargo contra ti. ¡Así de fácil!
Mientras registraban mi armario, mi mente “de dibujo animado” imaginaba las cabezas de Netanyahu, Trump, Biden y otros asomando entre abrigos y sombreros, sonriendo y desapareciendo, mientras los ocho hombres de la Sepah y la mujer con chador corrían por el apartamento persiguiendo a los dibujos de Netanyahu y Biden.
Cuando el interrogador dijo “¿te refieres a nosotros con los gatos?”, mi mente empezó a jugar de nuevo; ahora lo veía con forma de gato, un gato con chador sentado frente a mí... ¿Por qué pensaba que ellos eran los gatos? ¿Era mi paranoia? ¿Quizás la influencia de Rebelión en la granja de Orwell? Pero lo dijo de una manera... Con una mueca... La mueca de quien dice: “Ja, ¿nos has subestimado, gata? ¡Nosotros somos leopardos! ¿Qué almacenes ni qué coches? Vamos a hacer que os vayáis de este barrio...”.
Es realmente interesante: cuando pensaba en la trama de esa novela, no había reflexionado sobre esto... ¡Que la inteligencia del Sipah se viera a sí misma en el papel del gato destinado a ocupar nuestra casa, y poco a poco todo el edificio y todo Irán! Y bueno, por supuesto, eso es lo que habían hecho. Habían ocupado todo lo nuestro.
Muchos han sido citados por la inteligencia de la Sepah y han firmado un acta de compromiso. Yo también lo hice. Al principio discutimos. Mis nervios estallaron, rompí el plato de la taza y me corté las venas. Me volví loca. Quise que todo terminara allí mismo. Después, por ese mismo acto, me citaron de nuevo en la prisión de Evin.
Fuimos a Evin; yo estaba acusada de sembrar el caos en la sesión. El interrogador estaba furioso y prepotente. El secretario del juez nos llevó a un almacén; también estaban la mujer con chador y mi esposo. El interrogador estaba convencido de que los había engañado; que mi comportamiento había sido tranquilo y que de repente exploté. Dijo: “Incluso hemos almorzado con la señora Mohebali”.
Creo que almorzar es muy importante para ellos. Para estas fuerzas religiosas del gobierno, el almuerzo es fundamental. Recuerdo al presidente Raisi, el que murió tres años después en un accidente de helicóptero y sobre quien se hicieron millones de chistes. Allá donde llegaba, preguntaba si habían almorzado o no. ¡En medio de semejante crisis económica y la terrible situación de la gente, le preocupaba si el que tenía enfrente había almorzado! ¡Una caricatura!
Después de que me llamaran más de 20 veces para interrogarme, estaba agotada. Por las mañanas, de nueve a cinco de la tarde... preguntas, preguntas, preguntas.
— Señora Mohebali, cuéntelo desde el principio.
¿Y dónde estaba el principio? ¿Desde Adán y Eva? Los nombres de todos los tíos, tías, primos... profesiones...
— Has tenido suerte de tener marido, de lo contrario te habríamos condenado como prostituta.
No tengo ganas de escribir sobre estas cosas. Lo he escrito muchas veces, detalle por detalle. Pero nunca he podido transmitir en el papel la sensación que tuve esos meses. Cuanto más escribo, más me convenzo de que es imposible. Cuando la inteligencia de la Sepah husmea en los callejones de tu mente, es una sensación inenarrable.
Finalmente firmé el compromiso sobre lo que debía y no debía hacer:
No conceder entrevistas a medios extranjeros.
No firmar nuevos contratos para la traducción de mis obras en el extranjero.
No escribir nada sobre la censura.
No escribir sobre el colectivo LGTBI.
No escribir sobre la adicción.
No escribir sobre la década de los ochenta.
No escribir sobre...
Ya no recuerdo el resto. Le dije al interrogador: “¿Podría tener una copia de mis compromisos?”. Se rio y dijo: “¿Quieres guardar pruebas?”. Dije: “No, es que no voy a recordar sobre qué cosas no debo escribir”.
Ahora, en este pueblo de buen clima en el norte de Cataluña, estoy escribiendo todo esto. Quiero escribir sobre todas las cosas que amo y que siento que debo escribir. No tengo otra labor que escribir.

