Hay países donde la jubilación es un retiro digno después de toda una vida de trabajo. Y luego está México, donde la jubilación puede convertirse en una carrera meteórica: trabajas un rato, saludas a algunos amigos en los pasillos del poder y te retiras antes de los 50 con una pensión capaz de brindarte una vida de jeque árabe.
La nota de Andrea Becerril, publicada el domingo en La Jornada, confirma que en México existe una especie de Olimpo burocrático donde los dioses del servicio público reciben pensiones que harían palidecer a cualquier jubilado del mundo civilizado.
El caso de la extinta Luz y Fuerza del Centro es emblemático: Cerca de 9,000 exempleados reciben pensiones que no son precisamente simbólicas. De ellos, 6,000 perciben entre 200,000 y 436,000 pesos mensuales. Una cantidad que, en un país donde millones sobreviven con salarios mínimos, suena menos a pensión y más a premio mayor de la lotería. Pero lo verdaderamente celestial está en la cúpula. Los exdirectivos Edgar Vázquez Buitrón y Kenneth Smith Jacobo, cobran un millón 37,000 pesos cada mes. Gustavo Adolfo Marrón, sólo cobra, modestamente, 926,000 pesos. Luz y Fuerza dejó de existir hace más de 15 años. Pero sus pensiones gozan de una salud envidiable.
Sin embargo no hay que pensar que se trata de un fenómeno aislado. Sería injusto con otras dependencias públicas que también han hecho importantes aportaciones al noble arte de la jubilación opulenta. En Pemex igualmente florece el retiro feliz. Un ejemplo, nada ejemplar: el excoordinador de asesores Carlos Arturo Sánchez Magaña, recibe la nada despreciable cantidad de un millón 107,361 pesos mensuales. Otro caso digno de admiración es el de un exgerente de Construcción y Mantenimiento de la petrolera, cuya pensión alcanza 980,000 pesos mensuales.
Pero el Mozart de la jubilación temprana es José Ángel Gurría quien logró una hazaña administrativa digna del Libro Guinness: trabajó en Nacional Financiera menos de un año, del 14 de diciembre de 1993 al 19 de abril de 1994, y aun así consiguió jubilarse a los 44 años. Hoy recibe una pensión mensual de 120,685 pesos. Otro ejemplo de la misma cantera es Carlos Sales Gutiérrez, quien percibe 209,940 pesos con 22 centavos mensuales. El detalle de los centavos, cuidadosamente consignado por Andrea Becerril, revela la meticulosa investigación de la reportera.
Pero la fiesta de las pensiones doradas no termina ahí, basta mirar hacia la Comisión Federal de Electricidad. La CFE tiene 54,391 jubilados, de los cuales 2,199 son exdirectivos con pensiones superiores al salario de la presidenta de la República. Dirigir el país paga menos que retirarse de dirigir una empresa pública. El Sindicato Único de Trabajadores Electricistas de la República Mexicana (SUTERM) tampoco se queda atrás. Algunos exintegrantes de la directiva gozan de pensiones verdaderamente iluminadas: José Luis Lupercio: 451,000 pesos mensuales, Víctor Manuel Carreto 433,000 pesos. Un exgerente de Transporte Marítimo: 358,000 pesos. Además existe una veintena de pensionados que reciben entre 700,000 y 800,000 pesos mensuales. Es decir, una pequeña aristocracia eléctrica y petrolera que vive conectada permanentemente al enchufe presupuestal.
Cualquiera diría que vivimos en un paraíso donde el retiro no es el final del trabajo, sino el inicio de una verdadera bonanza, pero no es así. Vivimos en un país donde el discurso oficial habla, un día sí y el otro también, de justicia social, austeridad republicana y combate a los privilegios. Lo cual nos lleva a una pregunta inevitable: ¿Qué ha hecho la llamada Cuarta Transformación en siete años para acabar con este sistema de jubilaciones doradas?
La respuesta, hasta ahora, parece ser una mezcla de serenidad administrativa y paciencia presupuestal. Porque mientras el discurso combate al neoliberalismo, las pensiones heredadas de esa época siguen fluyendo con puntualidad suiza.


