Se impone que le pregunte el nombre. No alguna adaptación a nuestra lengua, sino su nombre verdadero, el que recibió en el país de origen, escrito en los caractSe impone que le pregunte el nombre. No alguna adaptación a nuestra lengua, sino su nombre verdadero, el que recibió en el país de origen, escrito en los caract

Un poco de viento en la cara

2026/03/17 14:04
Lectura de 4 min
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Se impone que le pregunte el nombre. No alguna adaptación a nuestra lengua, sino su nombre verdadero, el que recibió en el país de origen, escrito en los caracteres de su idioma.

Necesito llamar por su nombre a la encargada del supermercado chino que está a la vuelta de casa. Es un local que nunca anduvo bien. Pasaron sucesivas gestiones: a veces todo un grupo familiar; otras, un solo encargado, pero siempre el mismo resultado. El negocio languidecía lentamente, ante la vista de todos, como presa de un mal sortilegio.

Hasta que, uno o dos años atrás, llegaron ellos. Un matrimonio con su hijo. Los tres, un derroche de calidez, amabilidad, simpatía. Los tres, moldeados por la dura letra del migrante de vieja escuela.

Trabajan sin descanso, sin pausa, con tesón. De lunes a lunes, el supermercado es el primero de la cuadra en abrir y el último (a altas horas de la noche) en cerrar. Al marido se le nota la fibra comerciante; observa qué se compra, llena las góndolas, arma carteles con ofertas, se ocupa del sector carnicería, de las verduras, de todo. Ella lo acompaña, el hijo sostiene el ritmo. Yo los quiero en mi cuadra y quiero, ruego, necesito que les vaya bien.

Con ella mantengo un diálogo basado en una suerte de media lengua: palabras sueltas (siempre en castellano) y mucha gestualidad.

Hace unos días, cerca de esa alta hora de la noche en la que ellos suelen cerrar, bajé a comprar algo para la cena. Mientras me acercaba a la caja -territorio casi exclusivo de la encargada-, escuché que el cliente que estaba delante mío, un chico de unos veintitantos años, no la saludó ni en castellano ni en media lengua, sino con una frase formulada en un idioma -¿en chino?- al que ella respondió de inmediato.

Cuando llegó mi turno, le hizo un gesto que quería decir: “¿qué fue eso?“. La encargada (que no sé cómo, pero siempre me entiende) desplegó una sonrisa luminosa y me dijo algo así como ”Míngtiān jiàn“, e inmediatamente tradujo: “Hasta mañana”. Me maravillé. Intenté repetirlo. Envidié con toda mi alma al cliente anterior -que ya se había marchado- porque supe que nunca lograría su pronunciación, y que me costaría recordar la frase. Así y todo, con gestos y alguna palabra, le pedí a mi supermercadista favorita que escribiera la frase con caracteres chinos. Tomó un papelito, lo escribió, me lo dio. Lo guardé como un raro tesoro.

En general, hablamos de nuestras cosas. De algún modo, me contó que son de China continental. Siempre con gestos y medias palabras, le pedí que me mostrara -celular el mano- la ciudad donde nació. Lo hizo, y además de ubicarla en el mapa, buscó fotos, videos. Hermosa ciudad. Me contó que tiene otro hijo, que está allá y es papá de una niñita preciosa (de la que, por supuesto, vi fotos y videos).

Guardo mi auto en un estacionamiento que queda al lado del supermercadito. Más de una vez, ella me vio manejar y me saludó desde la vereda. “Auto, bien”, me dijo hace poco. Intenté explicarle que aprendí a manejar de grande; me contó que ella, en China, andaba en moto. “Viento, cara”, se explayó, refrendando la frase con algo de mímica y una sonrisa gigante. “Cómprense una”, la animé. Negó con la cabeza. “Siempre acá, adentro”, dijo.

Me acordé de mis padres, que vinieron de España a fines de los años cincuenta. Mientras se deslomaban para asegurarse un lugar en la Argentina, fueron viendo cómo su país se desprendía de la miseria de posguerra y remontaba, alto y más alto. Nunca superaron el dolor por lo perdido, por el esfuerzo que les consumió la vida, por tanta raíz mutilada. Me pregunté que pensará la mujer del supermercado al ver las imágenes de una China cada vez más acaudalada. Me dije que quisiera ser hada y concederle una moto y decirle que pasee por éste, que nunca será su país, pero que igual bien puede ofrecerle sol, árboles, un poco de viento en la cara.

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