La gran purga culminó en la claudicación total. El pez grande se dejó comer por los chicos. El pueblo que iba a castigar a los renuentes a perder privilegios ahora es llamado a consecuentar la capitulación de la presidenta en la reforma electoral.
Rumbo a las intermedias, Claudia Sheinbaum tenía tres opciones. La primera suponía pedir el voto a partir de los logros de su gobierno; la segunda, intentar además una reforma de gran calado; la tercera, quedar a merced de otros. Tomó esta última, la peor.
No hay forma de dar crédito a la celebración del gobierno al anunciar que el Verde y el PT seguirán en una alianza que se conformará con un remedo de reforma, que no solo contradice la cancelación de privilegios de las dirigencias, sino que zahiere las democracias locales.
Argumentando que su reforma era justa y necesaria, la presidencia se permitió el lujo de incumplir plazos: primero para negociar, luego para advertir a PT y PVEM. Usó incluso en vano el mantra de que el pueblo se los demandaría. Sus amagos fueron cada vez menos creíbles.
Visto que, tras la derrota de su reforma, ha sido la presidenta la que ha devaluado la iniciativa, mientras los aliados son abrazados en Bucareli por volver al redil y sin costo político, lo evidente es que Claudia no confió en sí misma rumbo a 2027.
Ni en los resultados de su gobierno, ni en la fuerza de su liderazgo, y mucho menos en que su partido tendrá la capacidad de imponerse por sí solo, incluso a aliados. La presidenta asume que la única baza a su alcance es la hechiza mayoría constitucional de 2024.
Cómo es que la líder, con alta popularidad a pesar del durísimo primer año en términos económicos, del vendaval trumpista, de su ausencia de escándalos a nombre propio y de sus buenos resultados anticrimen, no se siente firme para la prueba de las urnas que ella misma auguró.
Qué van a hacer con sus argumentos esas voces, oficiales y oficiosas, que secundaron las advertencias de que el momento es de una gravedad tal que tocaría a los votantes decidir si PVEM y PT merecían estar en el supuesto lado correcto de la historia.
La natural purga que llegaría en la elección, la oportunidad de cancelar alianzas tácticas en otro tiempo, pero que resultan un lastre de cara al futuro, quedó en un mal chiste. El régimen que decía que su plumaje no se manchaba se resigna a vivir bajo el ala del tucán enfangado.
Reformar la ley electoral de la manera que pretendía la presidenta suponía un riesgo democrático; que tenga que disimular el descalabro frente a un adversario que nunca ha sido honesto como el PVEM, preocupa casi tanto como lo primero.
Ahora, en las elecciones intermedias, la presidenta buscará presumir una reformita sin aceptar que se allanó al chantaje. Hará, eso sí, de la iniciativa un eslogan y un montaje típico de cacería de brujas: síndicos, regidores y diputados locales como los nuevos grandes enemigos. Uf.
La reforma machacará el federalismo y abrirá más espacios a la corrupción (la austeridad mal entendida hará aún más cooptables a candidatos). Y también incluye el riesgo de consultas que podrían generar otros desequilibrios. Pero es, ante todo, una claudicación.
De cara a 2027, Claudia Sheinbaum no se siente firme con sus resultados, ni sin un espantapájaros hecho de la morralla del presupuesto de Congresos locales y municipios, y menos sin dos partidos a los que no pudo ni convencer ni atemorizar. Vaya año dos.

